Mexicanos: “Estamos en guerra”

¿En serio?, ¿guerra? Sí y le explicaré de qué tipo.

El actual mandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador luchó durante años por el poder sin embargo lo que a él le interesa es el púlpito, no el cambio.

Recorrió durante muchos años varias veces el país de punta a punta, resistió todos los embates de los opositores, fundó un partido al que nombró Morena para que estuviera a su servicio y al ganar la presidencia, se empeña en aleccionar al país en lugar de cambiarlo.

A mí no me sorprende que López Obrador esté embelesado por los símbolos y les tenga desprecio a los instrumentos, porque él sigue el manual del dictador al pie de la letra. Usted puede leer los discursos de dictadores africanos, o el de Julio César en Roma y es la misma idea de los discursos del presidente actual de México, sí el presidente tiene una descomunal fascinación por el pasado y ha olvidado el presente.

Según sus propias palabras: “no tiene mucha ciencia el gobernar”. Ni arte ni ciencia: simple sentido común. La política para el presidente es el territorio de las obviedades, la elemental elección del Bien sobre el Mal. Ha sido fiel a sus promesas y ciego a las realidades. Ofreció cancelar un aeropuerto, echar abajo las reformas neoliberales, invertir en energías viejas, dar sepultura a la tecnocracia.

En todo ha cumplido, según él.

Hace dos años, cuando ganó la elección, empecé a ver a un dictador.

Vi todos los signos de esa naturaleza en el político que alcanzaba la presidencia al tercer intento, tras 18 años de lucha. Estaba presente en él, por supuesto, la fraseología de la ruptura, la feroz intolerancia a la crítica, la megalomanía de quien se imagina padre de la patria, el tonito sacerdotal de “yo los cuido, yo los amo, yo sé todo, yo soy bueno”.

Pero también podían advertirse gestos de moderación. El que fue alcalde de la ciudad de México no había gobernado como un fanático, sino como un político prudente, dialogante y, a fin de cuentas, eficaz.

El equipo que lo acompañaba en su tercera búsqueda de la presidencia no era una legión de radicales, sino una colección, más bien modesta, de políticos centristas. Todos los que esperaban que el gobierno de López Obrador funcionara como un columpio entre estos dos impulsos para lograr un cambio, se equivocaron.

Hoy queda muy poco de ese candidato que daba señales de moderación.

Yo nunca vi a un hombre derrochando inteligencia, sabiduría, perspicacia, esas personas son las que cambian al mundo. Él se asume así, sin embargo, no tiene ni una sola de las características de las personas que logran cambiar al país, mucho menos al mundo. Es él un radical que se desprendió del pragmatismo por la magnitud de su victoria y la enormidad de sus desafíos.

La oposición quedó vacía y el entorno se convirtió muy pronto en demasiado hostil para ser aceptado. Es más fácil hablar que hacer. Por eso, López Obrador carece de interlocutores y de vínculos cercanos con la realidad.

Aquel equipo moderado que acompañó al candidato resultó un escaparate y así ha actuado en el Gobierno: maniquís a los que el presidente cuelga la ropa de su antojo.

Resultaba tranquilizador que el gran enemigo de las instituciones convocara a una ministra de la Suprema Corte de Justicia para fungir como secretaria de Gobernación. No era absurdo imaginar que su palabra tendría algún valor en el Gobierno.

No ha tenido el más mínimo peso. No es injusto suscribir el juicio de quienes la describen como pieza ornamental. Su silencio, su pasividad, su indolencia exhiben la imposible sensatez en un Gobierno avasallado por el capricho de un hombre que sólo obedece a su instinto, esa fuente irrebatible de la moral pública.

El hermetismo que curtió al hombre tenaz ciega al gobernante. Es cierto: un rebelde sólo puede sobrevivir al asedio con piel de piedra. Pero ese recurso de coraza se convierte en maldición para el gobernante porque le impide entrar en contacto con la circunstancia. En eso se ha convertido la tenacidad del presidente López Obrador, en su maldición.

El jefe del ejecutivo desoye cualquier crítica, desecha todo consejo, descarta los datos que contradicen su fantasía.

Si Trump acude con frecuencia a los “hechos alternativos”, López Obrador invoca: “tengo otros datos”. Por eso no ha podido acoplar los ideales a la realidad, por eso no busca el mecanismo que sirva al propósito, por eso no puede responder con agilidad a las sorpresas.

López Obrador ha sido un presidente obstinado, inflexible, obsesionado hasta tal punto con su proyecto que no cambia de dirección ni de ritmo cuando aparece una pandemia y nos azota la peor crisis económica de la historia.

El COVID-19, una fastidiosa anécdota con algunos miles de muertos que no habrá de alterar sus previsiones. El cataclismo económico, la bendita confirmación de que el neoliberalismo ha muerto. Estas crisis, ha dicho el presidente mexicano, nos han venido “como anillo al dedo”.

Romper con la arrogancia tecnocrática era una promesa atractiva del candidato López Obrador. Durante demasiado tiempo nos gobernaron los expertos que se asumían como dueños de la razón económica. Nos decían que, en nuestro beneficio había que aislar la razón de la opinión.

La respuesta del lopezobradorismo a estos excesos no ha sido la aportación de otras razones y otros cálculos, sino el desecho de la racionalidad y la evidencia.

Lo denunció con claridad el primer secretario de Hacienda de López Obrador cuando renunció a su cargo: las decisiones en el Gobierno se toman a ciegas. Frente a la miopía de la razón económica, el capricho.

El más pernicioso y el más cruel de todos ellos ha sido, quizá, el de su empecinamiento thatcheriano. López Obrador no derrocha, estrangula. El furioso enemigo del neoliberalismo ha resultado, curiosamente, el más devoto seguidor de la Dama de Hierro. Para López Obrador, cuanto más flaco sea el Gobierno, más puro será.

Con frecuencia describe al aparato gubernamental como un elefante reumático, una pesadísima carga de lujos y desperdicio de la que hay que librarnos. Ante la crisis económica que nos azota, el presidente mexicano tiene una propuesta que va a contracorriente del mundo entero: austeridad. Esa es su receta: clausurar más oficinas, reducir gastos, eliminar inversiones -salvo las que se dirijan, por supuesto, a sus proyectos predilectos-, compartir computadoras, pues los que lucharon por la independencia no las necesitaron.

En la ciencia y en las artes el embate populista ha sido devastador. Sectores que vieron con enorme ilusión el triunfo de la izquierda son ahora críticos feroces del presidente capuchino. López Obrador conserva, sin duda, devotos, pero ya no tiene defensores independientes.

El país ha vivido un intenso proceso de desinstitucionalización. Han estado bajo acoso todas las entidades públicas autónomas. Las que defienden los derechos y las que alientan la competencia; las que regulan los grandes corporativos y las que exhiben nuestros prejuicios. Algunas han muerto ya, otras agonizan.

Instituciones cruciales para la vida democrática, como el órgano electoral independiente, enfrentan el hostigamiento cotidiano del presidente de la república. La lógica patrimonialista se exhibe a plenitud: las instituciones son propiedad de quien ejerce el poder. Si antes fueron de ellos, ahora serán nuestras.

No exagero al decir que en la sobrevivencia de esos espacios de neutralidad se juegan la sobrevivencia de la frágil democracia mexicana. Con todo, creo que la peor degradación es la que viene precisamente del púlpito. El poeta del insulto insiste en dividir a la nación entre puros y podridos. Todas las mañanas, el país observa, desde el Palacio Nacional, la escenificación verbal de una guerra.

Es una guerra que imposibilita el entendimiento y en el fondo, falsifica el conflicto necesario.

Cuando fueron las elecciones, le dije a las personas cercanas a mí, que AMLO ganaría la elección y sería un parteaguas en México. Pues nos daría una lección a todos.

Hoy cada mexicano debe entender que la elección de un presidente no es un acto de fe, pues no es una cuestión religiosa. El presidente es un empleado de la nación, un empleado de los mexicanos al servicio del todo el país, sea que usted haya votado a favor de esa persona o no. Y cuando se hace algo mal debemos exigir resultados, eso en sí no es crítica, es exigencia de resultados.

Usted no dejaría que su mejor amigo, por muy buena persona que sea, o por las mejores intenciones que posea, le haga cirugía del corazón, cuando la profesión de su amigo es la contaduría pública.

Entonces, ¿Necesitamos un antropólogo dirigiendo el sistema de salud de México?, ¿Un ingeniero agrónomo en Pemex?

La institución más grande del deporte en México no puede, ni debe ser administrada por una persona cuya formación académica es de secundaria concluida. Un Estado del país, no puede ser gobernado por un exfutbolista, o un empresario. Las personas deben entender que, quienes gobiernan deben poseer los estudios y las características propias del puesto. Y por supuesto dar resultados, tener experiencia en puestos semejantes o afines.

No puedo entender como ser medallista de plata en juegos olímpicos me dará la experiencia para administrar los recursos financieros de la Comisión Nacional del Deporte. ¿Ser el campeón de goleo del torneo de futbol me da experiencia para gobernar un Estado?

Estamos en medio de una guerra de entendimiento. Espero que su entendimiento de la realidad de México no se nuble y que se aprenda la lección. Nos queda un largo y doloroso camino de aquí al examen. Pues no solo es que se vaya del poder el actual presidente; lo más importante es: ¿quién será el próximo presidente?