A 75 años de Auschwitz

Los cálculos más conservadores estiman en un millón 300 mil los ingresados en Auschwitz entre 1940 y 1945 y en un millón 100 mil los muertos en el lugar

Ciudad de México (Rasa-informa.com/Redacción).- Cuando las fuerzas soviéticas irrumpieron en Auschwitz, hace 75 años, apenas encontraron a siete mil 650 prisioneros en el complejo pues los alemanes habían sacado a toda prisa a 58 mil ante la llegada inminente del enemigo. De aquel sábado, el recluso Bart Stern recuerda: “Me escondí en una montaña de cadáveres ya que los crematorios habían dejado de funcionar y los cuerpos formaban pilas cada vez más altas. Finalmente, el 27 de enero de 1945 la División de Fusileros 322a entró al campo Birkenau (mejor conocido como Auschwitz II) y fui de los primeros en ser liberado. Sólo así sobreviví”.

Sobre este capítulo, Adán García Fajardo —director académico del Museo Memoria y Tolerancia y fellow de la Universidad Northwestern en la Fundación para la Educación del Holocausto— a veces se pregunta: “¿Qué habrán sentido los soldados del Ejército Rojo al avanzar por esas instalaciones y ver a hombres y mujeres que eran apenas piel y huesos, pero no a niños ni a ancianos? ¿Al descubrir una maquinaria nazi que además de industrializar el asesinato pretendía robarles la humanidad a los cautivos y cosificarlos?”.

A fin de conmemorar la fecha, este lunes se realizarán diversos actos en todo el mundo, empezando por la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, donde además de darle voz a quienes salieron del campo de concentración se ofrecerá un recital de música clásica a cargo del violinista Itzhak Perlman, aunque a decir de García Fajardo el verdadero sentido de estas actividades no es soltar discursos o montar exposiciones tan sólo por colgarse de una efeméride, sino recordar la gran capacidad del hombre para destruir y hacer daño.

“Los números bien podrían darnos una idea del horror al que nos referimos, pues tan sólo de 1933 a 1945 los nazis y sus aliados construyeron más de 40 mil campos de concentración; de entre ellos siete eran de exterminio y el más brutal de todos era Auschwitz, donde fueron asesinadas más de un millón de personas en las cámaras de gas, en un lapso de apenas cuatro años (1941-1945)”.

Para manejar de forma eficiente a tal cantidad de gente una de las claves era clasificar al otro y esto se lograba a partir de un sistema basado en triángulos cosidos en los abrigos de los prisioneros: el rojo era para los presos políticos y, si el recluso era judío, a este distintivo se le sobreponía otro amarillo para formar una estrella de David. Cuando el retazo era púrpura el portador era testigo de Jehová, y si rosa, homosexual. Finalmente, los triángulos negros se destinaban a los asociales, término laxo y ambiguo que lo mismo designaba a gitanos, discapacitados y adictos, que a indigentes y anarquistas.

“Como se ve, Auschwitz repetía en micro lo que se vivía a lo macro en la Alemania de los 30 y los 40, pues las políticas del Estado nazi hacían algo muy parecido al imponer una jerarquía racial donde lo ario encarnaba lo bueno y bello, y ponía por debajo a los demás: eslavos, caucásicos y quien fuera, ¡incluso los mexicanos ocupábamos un peldaño en dicha gradación!, y al final de la lista estaban los judíos, casi al calce, pues eran vistos como subhumanos bajo esta lógica absurda de, primero distinguir, y luego devaluar”.

Los cálculos más conservadores estiman en un millón 300 mil los ingresados en Auschwitz entre 1940 y 1945 y en un millón 100 mil los muertos en el lugar. Sobre esto Viktor E. Frankl —quien más tarde se convertiría en un prestigioso psicólogo, aunque entonces era tan sólo el recluso 119.104— escribiría: “Por lo general sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que, tras dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha. Quienes volvimos gracias a una multitud de casualidades o milagros lo sabemos muy bien: los mejores de entre nosotros no regresaron”.

Un mundo que ya no es igual

 Tras Auschwitz ni el mundo ni nosotros volvimos a ser los mismos, reflexiona Adán García, quien explica que no es casual que la Organización de las Naciones Unidas haya sido fundada 270 días después de haberse liberado los campos, ni que a partir de que se conocieran los horrores ahí cometidos se hayan dado una serie de hitos que transformarían, irreversiblemente, al derecho internacional.

“Puede sorprendernos, pero lo que hizo Hitler con la población judía era legal entonces, las leyes se lo permitían. No obstante, en 1948 el escenario cambió: ese año la ONU adoptó tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos como la Convención para la Prevención y la Sanción del Crimen de Genocidio, y apenas un año después, en 1949, se actualizaron los Convenios de Ginebra”.

A decir del académico, estos tratados, pactos y convenciones han servido para contener y conjurar probables exterminios y, en caso de darse, posibilita el castigarlos, como pasó en Ruanda o en la ex Yugoslavia. “En 1945 y 1946, cuando los Juicios de Nuremberg, la palabra el genocidio ya existía y se usaba, aunque el concepto no era considerado crimen ni estaba tipificado. En contraste, hoy tenemos una serie de herramientas que nos permiten estrechar el cerco contra los violadores de derechos humanos, los genocidas y los criminales de lesa humanidad; todo ello se lo debemos a las cicatrices que nos dejaron tanto el Holocausto como la Segunda Guerra Mundial”.

Los tiempos y las circunstancias cambian y, por lo mismo, nuestras responsabilidades también, advierte García Fajardo, “pues si bien en los años 40 la opinión pública descubrió lo salvaje del régimen nazi hasta que se destaparon los secretos de Auschwitz, hoy nos basta abrir un periódico, navegar en la red o escuchar un podcast para enterarnos de que no tenemos una paz segura o una estabilidad sincera como nos dicen, y de que mucho no marcha bien”.

En el libro El hombre en busca de sentido, Viktor E. Frankl confesaba haber visto a algunos de sus compañeros judíos de prisión cometer vilezas y haber hallado a guardias alemanes empáticos y proclives a la bondad, por lo que le daba la razón a los nazis en aquello de que en la humanidad hay divisiones raciales, aunque les enmendaba la plana al decir: “Sí, hay dos ‘razas’ de hombres y dos nada más: la ‘raza’ de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales y ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes así, sin más. Ningún grupo es de ‘pura raza’, no hay pureza racial”.

Para Adán García, estas palabras deben ser motivo de reflexión, en especial porque vivimos rodeados de intereses que desean vernos habituados a la impotencia e incapaces de sentir indignación.

“Recordar la liberación de Auschwitz y eventos similares es una invitación a romper con la apatía y a pedirle a las personas elegir una actitud, pues quien es indiferente también es cómplice. Esto es muy importante porque no hemos aprendido a convivir aún y, sólo reconociéndonos en el otro, podremos cumplir con esa promesa siempre inacabada, con aquella promesa del ‘nunca más’”.

Con información de UNAM Global